La infidelidad es uno de los fenómenos relacionales más universales y, a la vez, más malinterpretados. Popularmente, se tiende a pensar que alguien es infiel porque “ya no ama”, porque es débil o porque simplemente no puede controlar sus impulsos. Nada más lejos de la realidad, ya que la infidelidad tiene causas múltiples, complejas y, en muchos casos, profundamente humanas, más allá de una simple falta de amor o de valores.
Este acto suele estar asociado con insatisfacciones internas o externas dentro de la relación, no exclusivamente con el deseo de estar con otra persona. Frecuentemente, las parejas que experimentan distanciamiento emocional, falta de comunicación o monotonía tienen un mayor riesgo de que uno de los miembros busque conexión, intimidad o validación fuera del vínculo principal.

Además, expertos como Esther Perel han destacado que la infidelidad no siempre representa un fracaso absoluto de la relación, sino que puede ser un síntoma de tensiones no resueltas, de una búsqueda de novedad o de una desconexión de las necesidades individuales. Como parte de nuestra sección sobre las infidelidades, en el siguiente artículo vamos a resolver la pregunta del millón: ¿Por qué la gente es infiel? Desde una perspectiva psicológica, empática y, sobre todo, informada.
Causas psicológicas profundas: apego, autoestima y regulación emocional
Si se analiza la infidelidad desde la psicología clínica, aparecen patrones internos que van más allá de la insatisfacción momentánea. No todas las personas con problemas de pareja son infieles. La diferencia suele estar en cómo cada individuo gestiona la intimidad, la inseguridad y el malestar emocional. Uno de los marcos más sólidos para entenderlo es la teoría del apego desarrollada por John Bowlby y ampliada por Mary Ainsworth.
Según estos profesionales de la psicología, las personas con apego ansioso tienden a buscar validación constante y pueden recurrir a vínculos externos cuando perciben distancia o rechazo. En cambio, quienes presentan apego evitativo pueden involucrarse en relaciones paralelas como forma de mantener intimidad sin sentirse excesivamente dependientes. En ambos casos, la infidelidad surge por una forma disfuncional de regular la cercanía emocional.
También se menciona que la dificultad para manejar emociones complejas como frustración, aburrimiento o conflicto puede afectar la relación. En lugar de enfrentar conversaciones incómodas dentro de la relación, algunas personas optan por evitar el malestar buscando gratificación externa. Este patrón se vincula con baja tolerancia a la incomodidad emocional y escasas habilidades de regulación afectiva. En conjunto, estas causas reflejan estilos de apego inseguros, vulnerabilidades en la autoestima y estrategias poco saludables para gestionar el malestar interno.
Factores situacionales y biológicos que facilitan la infidelidad

Aunque las causas psicológicas profundas son determinantes, la infidelidad no ocurre en el vacío. Existen factores situacionales y biológicos que pueden facilitar el cruce del límite, incluso en personas que no tenían una intención previa clara de traicionar la relación. El simple aumento de exposición a potenciales parejas alternativas incrementa la probabilidad estadística de estas conductas. NO es como que la oportunidad te obligue; su constante aparición reduce barreras prácticas y normaliza el contacto constante.
A continuación, vamos a mencionar algo un poco más técnico, pero intentaremos desglosarlo para que se entienda bien. El sistema dopaminérgico, el cual está asociado con recompensa y motivación, se activa con mayor intensidad ante estímulos nuevos. Este fenómeno, estudiado en neurociencia conductual, explica por qué una interacción reciente puede sentirse más excitante que una relación estable de larga duración. Esto implica que el cerebro responde con mayor intensidad a la novedad y a la incertidumbre.
Tanta modernidad también ha desarrollado un factor muy poco tomado en cuenta en la actualidad, pero a la vez, bastante común: el estrés. Periodos de crisis, como problemas laborales, cambios importantes, sensación de estancamiento personal, pueden generar una búsqueda de escape emocional. En estos contextos, la infidelidad puede percibirse como una vía rápida para experimentar validación, adrenalina o sensación de control.
Errores cognitivos que justifican el engaño
La mayoría de las personas no se perciben a sí mismas como “infieles” antes de cruzar el límite. Para que el acto ocurra sin un colapso inmediato de la imagen, intervienen una serie de errores cognitivos que permiten justificar la conducta mientras sucede. Estos procesos han sido ampliamente estudiados en psicología social bajo el marco de la disonancia cognitiva formulada por Leon Festinger.

- El primero es la autojustificación progresiva. En lugar de pasar directamente a una infidelidad consumada, muchas conductas comienzan con microtransgresiones: mensajes ambiguos, coqueteo “inofensivo”, secretos menores. Cada paso se racionaliza como algo trivial. Esta escalada gradual reduce la percepción de ruptura moral y facilita el siguiente paso.
- Después tenemos la minimización del daño. Frases y pensamientos constantes que permiten reducir la carga ética del acto. La mente reencuadra la conducta para que parezca menos grave de lo que objetivamente es. Este mecanismo busca proteger la autoestima, atribuyendo el comportamiento a circunstancias externas o momentáneas.
- En tercer lugar, el sesgo optimista, la creencia de que las consecuencias negativas son improbables. Pensamientos como “no me descubrirán” o “esto no afectará mi relación” distorsionan la evaluación real del riesgo. El momento en el que una recompensa inmediata es clara y la sanción parece lejana o improbable, el cerebro tiende a subestimar el costo futuro.
- Por último, tenemos la redefinición moral, es decir, cambiar internamente la definición de infidelidad para que la conducta no encaje en ella. Si la persona redefine el acto como “una conexión emocional sin importancia” o “una experiencia aislada”, la incoherencia interna disminuye.
